Dotze Ceps en una comarca de vinyes

Dotze Ceps en una comarca de vinyes
  29/07/2020

Un grupo de jóvenes de Jesús Pobre ponen en marcha un proyecto para dotar la Marina Alta de identidad vinícola

 

Los vinos naturales y sin aditivos pueden ser la oportunidad para personalizar la oferta

ROSA RIBES

Tenemos la tierra, tenemos el clima, tenemos las variedades, tenemos un pasado vinícola, tenemos bodegas que se han tirado a producir vino, tenemos jóvenes con ganas de hacer de la nuestra una comarca que sea referente en el mundo de la vinicultura. Qué nos falta? Aquello que doy a nuestros vinos una identidad propia. Con esa idea, la cooperativa Doce Ceps de Jesús Pobre ha puesto en marcha un ambicioso proyecto que pretende ser punto de partida para estructurar la elaboración de vino en la Marina Alta. Dotar nuestros vinos de personalidad, de algo que los identifico y que nos haga más auténticos, no es una tarea fácil. Quizás el camino sean los vinos naturales, sin aditivos. Esa es su propuesta. Valiente y arriesgada, y que invita a la reflexión.

En los últimos años han surgido muchas iniciativas para dignificar la producción de vino en la comarca, durante mucho de tiempo relegada a las elaboraciones caseras de autoconsumo, a unas cooperativas que se han esforzado para abrirse camino con nuevas elaboraciones -eso sí, cada vez más curadas- y a pequeñas bodegas que han despuntado en momentos determinados y han campado cada uno por su cuenta. Iniciativas como los concursos de vinos que han ido proliferante por los pueblos en las últimas décadas, la Muestra de Vinos Singulares que se celebra desde hace tres años o las jóvenes bodegas que han conseguido posicionar sus caldos son signo que algo está cociéndose. La gente bebe y hace vino; y además, en habla.

No sabemos si después de mucho de habla, mucho de chafar o mucho de probar, seis parejas de una cuadrilla de amigos de Jesús Pobre deciden que hay que hacer algo. Corría el año 2015. Y empieza el lío. Se comboien para recuperar las tierras familiares que no están trabajadas, se constituyen en cooperativa y la bautizan como Doce Ceps, nombre que hace honor a los doce integrantes iniciales (una composición paritaria, igual número de hombres que de mujeres) de la emprendida. Plantaron el primer trocito de viña en 2017 y este año harán el primer vino, aunque saben que para obtener un buen vino “tienen que pasar unos diez años”, dice Andreu Costa, uno de los impulsores de la cooperativa. Mientras pasan los años, hay que ir probando pero con la viña joven.

El suyo será un vino ecológico. Las variedades que cultivan son giró -la nuestra garnatxa negra-, carinyena, marselan, moscatel y garnatxa blanca. Tienen un campo experimental de variedades olvidadas y han obtenido autorización para trabajar cuatro hectáreas de viña. Porque en esto de la viticultura, como en tantas otras cosas de la vida, todo está regulado. O casi todo.

Con el referente íbero de los vinos del Alto de Benimaquia y la experiencia del Priorat, su propuesta de futuro son los vinos naturales. Y la tiran al resto de la comarca para trabajar de forma coordinada. Porque, como dice Andreu, si queremos ser “tenemos que juntar fuerzas”.

Los impulsores de Dotze Ceps “compartimos nuestra ilusión y pasión por el vino”, explica Maria Rosa Costa. Creen que los vinos naturales pueden ser una buena herramienta para hacer que la Marina Alta sueno como referente en el mundo del vino porque “los consumidores piden, cada vez más, saber que es el que están comiendo y bebiendo, y no hay ninguna zona vitivinícola caracterizada por este concepto”, añadía sábado. Lo hacía durante la presentación de unas jornadas celebradas a Jesús Pobre que contaron con la presencia de Josep Lluís Pérez Verdú, considerado el padre de la vinicultura moderna. Organizadas por esta cooperativa, las jornadas sirvieron para conocer la experiencia de Mas Martinet, del cual es fundador, y sus investigaciones para elaborar vinos tintos sin ningún aditivo.

La voluntad de la cooperativa se activar “el territorio vinícola de la comarca”, en palabras de Rosa Maria, e impulsar una economía social y solidaria, transformadora. La finalidad no es el aumento del número de socios, sino la colaboración, el trabajo de las tierras en conjunto y la busca de nuevas formas de relación. La competitividad es un elemento que queda al margen de este planteamiento. “La venta de una botella de cualquier de los vinos que se hagan aquí, en la comarca, tiene que ser motivo de alegría para todos porque es parte de nuestra historia y una muestra del que podemos hacer”, decía Andreu sábado.

            Productores y amantes del vino de los pueblos de la Marina Alta y también de más allá de nuestro territorio participaron en unas jornadas que Josep Lluís Pérez Verdú introdujo apelando a “producir el que el terreno mujer” y “buscar la personalidad del vino”. El sol, la tierra y el clima influyen en el gusto del vino mientras que el sulfuroso altera su gusto, su personalidad y su código genético. “Por qué utilizarlo si yo he trabajado para conseguir que fuera de una determinada manera?”, planteó.

            Con esta y otras reflexiones –“premiar el tamaño induce a no buscar la calidad sino la cantidad”, una manera de hacer un guiño al vino de minifundio-, el reconocido vinicultor consiguió que muchos de los asistentes salieron de las jornadas con una nueva mirada que los hará replantearse el futuro. Un futuro que bebe del pasado, un pasado dormido, y de un presente con gente que tiene muchas ganas de hacer cosas. Esa es la sensación que tuve de vuelta hacia Dénia al contemplar los diez bancalets del campo experimental de Dotze Ceps, situados en un tossalet con márgenes altos de piedra en seco que parecen parados en el tiempo. O quizás no, quizás han vuelto a la vida para ofrecernos la imagen de un pasado que quiere hacernos repensar el futuro.

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