El colapso del turismo en la Costa Blanca (II)

El colapso del turismo en la Costa Blanca (II)
  17/07/2020
JESÚS MIGUEL GONZÁLEZ LANÁQUERA

 

La semana pasada, con la reseña del reportaje de la Filmoteca Española “COSTA BLANCA”, producido en 1958, en el que se muestra cómo era esta tierra inmediatamente antes de que los efectos del turismo alterasen para siempre sus paisajes, su fisonomía y hasta la idiosincrasia de sus gentes, nos introducíamos en un fenómeno que desde entonces no ha dejado de suscitar interés y que en ningún momento ha llegado a perder actualidad, ni siquiera por la inercia de la costumbre y de la herencia de los sesenta largos años transcurridos desde sus comienzos.
Unos comienzos que, como es bien sabido, se remontan a los más tempranos años sesenta del pasado siglo, cuando estas costas, todavía vírgenes, empezaron a poblarse de bloques de apartamentos, urbanizaciones, rascacielos, hoteles, restaurantes, embarcaciones de recreo, pistas de tenis, campos de golf, parques de atracciones, automóviles y turistas nacionales y extranjeros. El fenómeno del desarrollismo español, cuyo máximo exponente de riqueza y progreso fue precisamente el turismo, ya no tenía vuelta atrás, y en las décadas siguientes seguiría proyectándose con una energía inagotable. En ese breve período de tiempo, estas y otras tierras beneficiarias del turismo en todo el país, experimentarían las mayores transformaciones de toda su historia milenaria, como si desde los fenicios, los romanos y los árabes hasta casi nuestros días no hubiera sucedido absolutamente nada notable y no se hubiese alterado ni un solo palmo del terreno, y esto último en concreto, prácticas agrícolas y algunos vestigios arquitectónicos aparte, podría ser verdad. Porque es verdad, también, que los antiguos, hasta el descubrimiento de la máquina de vapor y el advenimiento de la revolución industrial, no tenían apenas capacidad técnica ni ambición para transformar el mundo y, llegado el caso, para destruirlo. Ahora, en cambio, nos supera la tecnología y nos desborda la ambición, ya hemos transformado el mundo y desde luego estamos transitando por el camino más rápido y directo hacia su destrucción. El turismo de masas, invasivo y descontrolado, con su degradación urbanística, su impacto ambiental y su demanda insaciable de recursos naturales no es el único ni el más grave fenómeno humano que amenaza la supervivencia del planeta, pero en las costas españolas probablemente sí sea en estos momentos el más preocupante y el que presenta mayores pronósticos de colapso a corto o medio plazo.
La contestación y la reacción contra el fenómeno del turismo son, sin embargo, movimientos relativamente recientes, y no provienen exclusivamente de las filas más o menos militantes del ecologismo contemporáneo, al que, por otra parte, habría que oponer también alguna resistencia según en qué temas. Pero este es otro asunto. Porque lo cierto es que en sus orígenes el turismo no solo no fue cuestionado, sino que más bien fue recibido como un providencial don que venía a proveer a España de divisas, a modernizarla y a operar en su territorio espectaculares transformaciones que venían siendo necesarias quizá desde hacía siglos. No es fácil hacer un ejercicio de especulación histórica para tratar de imaginar cómo sería ahora este país si el turismo nunca hubiese conquistado sus costas. ¿Habría podido sobrevivir por tiempo indefinido como una nación agrícola y subdesarrollada, carente de recursos energéticos propios, con una industria precaria y sin vías de comunicación adecuadas ni otras infraestructuras avanzadas? Muy probablemente sí, y de hecho todavía sobreviven muchas naciones en el llamado tercer mundo con estas o parecidas condiciones. Cuando se inventó el concepto del tercermundismo, España ya había escapado de él, pero solo porque se inventó muy tarde y sus playas ya estaban atestadas de veraneantes en bañador. En cambio, y sin dejar de ser tampoco un ejercicio de especulación histórica proyectado hacia el futuro, parece que se antoja más fácil imaginar hoy cuál puede ser el porvenir del turismo a la vuelta de unos años, quizá los suficientes como para que la mayoría de nosotros no alcancemos a verlo, pues estos son siempre procesos lentos y prolongados en el tiempo que suelen desarrollarse durante varias generaciones. Aunque, también podría ser que el colapso del turismo -porque es seguro que colapsará-, esté más cerca de lo que pensamos. (Continuará)

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