Hablemos sobre cómo afrontar estos tiempos de adversidad

Hablemos sobre cómo afrontar estos tiempos de adversidad
  19/09/2020

Por Ana Isabel García-Izquierdo Peribáñez (*)

 

“Todos necesitamos sentir el afecto y el apoyo de los nuestros independientemente del periodo de la vida en el que nos encontremos y, en especial, en las situaciones que nos resulten de dificultad”

 

En el artículo anterior, “La vuelta al trabajo después de las vacaciones: ¿cómo nos afecta?”, hablábamos de septiembre como el mes de la vuelta a la rutina, pues para muchos llega el fin de sus vacaciones y se aproxima la vuelta al trabajo. Sin embargo, este mes que deja atrás al verano y da la bienvenida al otoño puede verse también como un mes de cambios, de nuevos comienzos y de nuevas etapas para experimentar cosas nuevas, emprender rumbos nuevos e iniciar proyectos.

Sin duda, este año está siendo diferente. La pandemia que estamos viviendo y que está escribiendo un capítulo significativo de nuestra historia, de un modo u otro, nos ha marcado a cada uno de nosotros.

Desde un punto de vista social, nuestras interacciones han cambiado. Los abrazos, los besos, los apretones, han sido sustituidos por el distanciamiento físico; y las sonrisas han sido ocultadas tras la ya tan asumida mascarilla. El 55% de nuestra comunicación es no verbal (Mandal, 2014), es decir que, cuando nos comunicamos con los demás, más de la mitad del mensaje lo transmitimos a través de nuestro cuerpo por medio de la expresión facial, del tacto, de los gestos, de la postura, etc. En las circunstancias en las que nos estamos relacionando en estos últimos tiempos, parte de esta comunicación no verbal se está perdiendo tras las mascarillas y el distanciamiento social, lo cual podría llevar a un enfriamiento de las relaciones en ciertos casos. Cuando por algún motivo no logramos vehicular correctamente nuestras emociones, mantener y, sobre todo, establecer vínculos con los demás se vuelve más difícil, ya que las expresiones empáticas pueden verse limitadas por la dificultad para identificarse con las emociones del otro. Ahora bien, el hecho de estar todos bajo las mismas circunstancias y de saber que esa falta de expresión facial y de contacto físico en el otro es debida a factores externos al mismo, no controlables, marca una diferencia. Sin embargo, esto no quita que las interacciones sociales resulten menos gratificantes.

Desde un punto de vista psicológico, la actual pandemia supone una amenaza para nuestra salud y, por lo tanto, constituye una fuente de estrés que, aparte de poder generarnos cierto malestar psicológico, es susceptible de desatar psicopatologías en aquellas personas que tengan una predisposición a la mismas. Mas allá de eso, las consecuencias de la pandemia, tales como la pérdida de empleo, problemas de salud asociados al coronavirus, la pérdida de algún ser cercano, etc., pueden resultar también desencadenantes de estados emocionales negativos y de psicopatologías en ciertos casos.

Como explicaba en el artículo “¿Por qué nos afecta el confinamiento y cómo hacerle frente?”, los seres humanos estamos programados biológicamente para construir vínculos afectivos con los demás, que nos ayudan a sobrevivir y a desarrollarnos en el plano social, cognitivo y afectivo (Bowlby, 1958). Si bien en las primeras fases de nuestro desarrollo es cuando más necesitamos la proximidad de nuestras figuras de apego, ya que nuestra supervivencia física y emocional depende de ellas, lo cierto es que todos necesitamos sentir el afecto y el apoyo de los nuestros independientemente del periodo de la vida en el que nos encontremos y, en especial, en las situaciones que nos resulten de dificultad. Sin embargo, estamos en un momento en el que la proximidad física se ve limitada por las circunstancias, añadiendo a nuestros momentos de adversidad todavía mayor dificultad. 

Ante los infortunios, debemos recurrir a los recursos de los que cada uno de nosotros disponemos para hacerles frente y que nos permitan hacer prueba de resiliencia. La resiliencia es la capacidad de superar la adversidad, pudiendo incluso salir fortalecidos de ella. Se trata de una aptitud que resulta de la suma de factores personales, familiares y sociales (Garmezy, 1993), pero que todos podemos entrenar y desarrollar. Ser resiliente no significa soportar las dificultades que atravesamos sin rechistar, y tampoco significa esconder o negar el dolor que sentimos mostrándonos fuertes ante los demás. La resiliencia no está exenta de sufrimiento, más bien implica reconocerlo y hacer una correcta gestión del mismo. Consiste en ser capaces de movilizar los recursos de los que disponemos para poder superar esos momentos de dificultad, que nos afligen, con entereza y poder retomar nuestra vida con equilibrio. La manera en que nos sentimos depende más de la forma que tenemos de interpretar los sucesos que de los sucesos en sí mismos. De modo que, una buena manera de empezar a sentirnos mejor es trabajando los pensamientos que producimos al respecto. Disponer de buenas capacidades para gestionar las emociones, saber apreciar lo que tenemos y sentirnos agradecidos por ello, disponer de una red de apoyo social y saber recurrir a nuestros seres queridos en los momentos de dificultad son, entre otras, cualidades que nos ayudarán a afrontar la vida con mayor resiliencia.

Si tus circunstancias te han facilitado un ánimo un poco bajo en los últimos días, aprovecha la frescura del mes de septiembre para hacer los ajustes necesarios que te permitan remontar y afrontar el presente y lo que esté por llegar con mayor entereza. Si percibes que tu malestar persiste y que te está afectando en una o más áreas de tu vida cotidiana, no dudes en recurrir a la ayuda de un profesional.

 

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