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La enfermedad de Alzheimer (I)

La enfermedad de Alzheimer (I)
  18/09/2017

VERÓNICA MONSONIS (*)

El 21 de septiembre se celebra el día mundial del Alzheimer, fecha elegida por la Organización Mundial de la Salud y la Federación Internacional de Alzheimer. El objetivo de esta celebración es dar a conocer la enfermedad y difundir información al respecto.

            La enfermedad de Alzheimer es una de las dolencias más temidas en nuestra sociedad y que más exigen de los cuidadores del paciente. Es una enfermedad de las edades avanzadas de la vida, y es tanto más frecuente cuanto mayores son las personas, aunque hay formas precoces que comienzan a los 50 o 60 años e incluso antes.

            La enfermedad de Alzheimer es un desorden progresivo, degenerativo e irreversible del cerebro que causa la debilitación, la desorientación y una eventual  muerte intelectual. Su nombre proviene de Aloís Alzheimer, un neurólogo alemán que en 1907 describió los síntomas que presentaba una mujer de 48 años como graves problemas de memoria, definiendo así las características neuropatológicas de esta enfermedad.

            El Alzheimer, de apariencia inofensiva, comienza con debilidad, dolores de cabeza, vértigos, e insomnio suave, irritabilidad y pérdida de memoria; estos trastornos de la memoria, son ya desde muy pronto importantes, ya que interfieren con las actividades cotidianas. Todos tenemos pérdidas de memoria, sobre todo en relación con el paso del tiempo y con el estrés, pero lo habitual es que desarrollemos habilidades para compensarlos, como por ejemplo, apuntar las cosas que hay que comprar, llevar una agenda, etc. Aunque los fallos de memoria puedan, en alguna ocasión, jugarnos alguna mala pasada, no ocurre así de forma habitual, y podemos seguir trabajando, disfrutando de actividades de ocio, ocupándonos de nuestras familias y de nosotros mismos por mucho que vayamos diciendo "¡cada vez tengo peor memoria!".

            Al paciente con enfermedad de Alzheimer los fallos de memoria le van limitando poco a poco la realización de sus actividades. Al principio, la pérdida se refiere, sobre todo, a hechos recientes. En esa fase llama la atención que el paciente recuerde, e incluso le guste evocar una y otra vez, con todo detalle, hechos referentes a su infancia y juventud, lo que puede mantenerse incluso ya cuando no es capaz de recordar el nombre de sus nietos o cuándo es Navidad. Poco a poco, deja de recordar todo cuanto se refiere a sí mismo, su edad, dónde vive; confunde a sus hijos o piensa que su esposo es su padre. Sin embargo, hay que destacar que, aunque a veces es ya incapaz de recordar el nombre de su marido o sus hijos, su presencia suele resultarle agradable y tranquilizadora. El buen contacto afectivo, las emociones, el trato afectuoso que se le dispense acostumbra a ser aceptado y agradecido (infodoctor.org).

(*) Psicóloga. Máster en Psicología Clínica y experta en Atención Temprana.

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