Adiós al Cervantes que puso a Dénia en sus versos

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  29/05/2021

 

La muerte de Francisco Brines cayó como un jarro de agua fría sobe quienes le conocieron y quienes han disfrutado con sus lecturas. A los pocos días de recoger el Premio Miguel de Cervantes, el más prestigioso de las letras en español, cerraba los ojos para siempre el último de los poetas de la llamada generación del 50. Lo hacía en el hospital de Gandia, donde fue ingresado al día siguiente de recibir la visita de los Reyes en su casa de Oliva para hacerle entrega del galardón, “como si nada hubiera sucedido”, como decía en uno de sus versos. Se apagaba así un universo de humanidad, de amor por la tierra y el paisaje, de melancolía, de reflexión sobre el paso del tiempo, de contemplación de la naturaleza, el entorno y la vida. Y también de quien mantuvo una relación de afecto con Dénia, en donde recaló de forma intermitente para conversar con los amigos, participar en algún acto o simplemente gozar de esas cortas estancias que le permitieron acercarse a su patrimonio y a su rica gastronomía.

Dénia, como Elca, fue lugar habitual de encuentros entre Francisco Brines y Josep A. Gisbert Santonja, con quien compartió largas charlas y de la mano de quien recaló en algunos de los lugares de culto de su cocina. Además del origen -ambos naturales de Oliva- les unió el interés del arqueólogo por la poesía de Brines y el de este último por la antigüedad clásica y el patrimonio. En 2006, Gisbert asistió a su discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua Española, donde el poeta ocupó el sillón X, y en 2010 lo acompañó también a Madrid a recoger el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. En uno de esos viajes, recuerda Gisbert, compartieron una cena con Carlos Bousoño –“uno de sus grandes amigos”, precisa- y la familia, entre otros. “Nunca la olvidaré”, añade. 

Francisco Brines, de mirada intensa y a la vez delicada, era una persona entrañable, de esas a las que les gusta hablar, con sentido del humor y capaz de transformar la vida en palabras a través de su poesía. De sus visitas a Dénia, el arqueólogo recuerda que le gustaba pasear por Marqués de Campo y compartir con él mesa y mantel delante de un buen arròs a banda. Lo hizo en más de una ocasión, bajo la atenta mirada y la sabia dialéctica de Jaume, en el Gavilá, donde celebró uno de sus cumpleaños. Y también en el Mena, donde disfrutaba de la conversación con Diego, el padre, quien lo acogía en su casa con esa amabilidad suya habitual y alguna que otra broma sobre su ciudad de origen común.

Durante una de esas estancias en la ciudad, en octubre de 2004, visitó al entonces alcalde, Miguel Ferrer. Trascendió otra de sus visitas a Dénia, allá por 2015, cuando estuvo en La Sala del Castillo para presentar el libro del arquitecto Joan Carles Fogo Vila El edificio de la memoria, que analiza las arquitecturas y los paisajes vitales de Juan Chabás, Gabriel Miró y Louis Aragón. Allí, Brines habló de Dénia, de esa Dénia que gustaba visitar, pasear y degustar. 

En el otoño de 2019, Josep A. Gisbert recibió una llamada telefónica de su asistente indicándole que Francisco Brines quería venir a Dénia para conversar y comer con él. “Paseamos por Marqués de Campo, de arriba abajo, algo que le encantaba, y visitamos el Museo del Mar”, de cuya inauguración había tenido conocimiento por la prensa. Ese día hubo también comida, en La Xerna del Mar. El poeta ya presentaba signos de debilidad y a Gisbert el encuentro le supo a despedida. 

Hubo una nueva reunión, en enero de 2020. En esa ocasión en Elca, su casa, la casa. Allí se reunieron una treintena de amigos para celebrar su 88 aniversario y rendirle un pequeño homenaje. “Luego llegó la pandemia y, por su delicado estado de salud, se recluyó”, explica Gisbert: “estuvo encerrado en su jaula dorada”. La clausura no fue óbice para que mantuviesen el contacto y cuando en noviembre de 2020 Brines fue reconocido con el Premio Cervantes, su amigo fue a visitarlo. Lo recibió desde el balcón y él, desde abajo, le hizo llegar su felicitación.

Estas son solo unas pinceladas del poeta que ha hecho historia con El otoño de las rosas (1986), Premio Nacional de las Letras Españolas y una de las obras cumbre de la poesía española de la segunda mitad del siglo XX. Lector de literatura española en la Universidad de Cambridge y profesor de español en la Universidad de Oxford, ganó con su primer libro, Las brasas (1959), el Premio Adonais de Poesía. A lo largo de su vida se sucederían los premios y reconocimientos, como el Nacional de la Crítica en 1966 por Palabras en la oscuridad, el Premio Fastenrath que otorga la Real Academia Española en 1998 por su obra La última costa, o el Premio Nacional de las Letras Españolas por el conjunto de su obra poética en 1999. Doctor Honoris Causa por la Universidad Politécnica de Valencia, en 2019 obtuvo la Alta Distinción de la Generalitat Valenciana. 

Brines fue dando muestras de afecto, reivindicado por él como el mejor regalo. Desde la UCI, delante de sus familiares, escribió en un papel “os quiero”. El pasado 20 de mayo se apagó la luz, pero no la voz. Siempre nos quedaran sus versos. Y su palabra seguirá siendo su voz.

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